LOS PAROS: DE LAS FARC A ROBLEDO

CatatumboHistóricamente Colombia ha tenido regiones con atrasos económicos, en vías, en salud, en educación, etc., tales como el Catatumbo, Cauca, Chocó, y muchas más. Históricamente también, y desde hace ya casi un siglo, se ha venido utilizando la protesta social como botín político por parte de la izquierda legal e ilegal en su conjunto. Pero no ha sido sólo una “utilización” lo que se ha venido presentando, de igual forma se ha presentado una sistemática financiación e infiltración de “apparats” y de agitadores profesionales, que buscan hacer de cada protesta lo más violenta, más prolongada y más publicitada posible.

El paralelo temporal que enlaza a los “diálogos de paz” con “la oleada de protestas sociales” no es para nada gratuito. Existe una retroalimentación tan profunda, pero a su vez, tan oculta, que es fácil percibirla en el ambiente, pero difícil de comprender en su naturaleza. No hay nada más falso que las FARC son la evolución histórica de las protestas campesinas del sur del Tolima, pero a su vez no hay nada más cierto que su legitimidad parte de la “violencia” ejercida en la protesta social: las FARC se presentan a ellas mismas como las abanderadas de la protesta social y campesina –por algo es que todavía se hablan de diálogos de paz-, pero a su vez niegan toda vinculación con las actuales protestas, ¿Entonces a que juegan?

Para los comunistas de la época de Lenin, una “oleada de huelgas” no eran sino el preludio de la “guerra civil”, la cual se convertiría en una insurrección armada de carácter revolucionario que llevaría a la dictadura del proletariado, encabezada por el Partido Comunista. Las huelgas y mítines de Bremen –Alemania- en 1918 y Hamburgo en 1922 sirvieron para seleccionar personal para la Universidad Comunista de Leningrado en 1925; los graduados de dicha Universidad fueron los organizadores de las protestas de Java y Sumatra en 1926, y de muchas protestas posteriores. Desde aquellos mismos tiempos, Colombia era también visitado por “misiones científicas rusas” como la de febrero de 1926, al poco tiempo teníamos oleadas de protestas y manifestaciones. La famosa huelga de las bananeras, fue organizada y financiada por el embrionario PCC -el PSR- junto con emisarios extranjeros, los cuales, en medio de su cobardía, huyeron a Bogotá horas antes que llevaran a las masas a enfrentarse con el ejército. Dicho acto y los famosos “miles de muertos” de aquella “masacre” han servido como justificación y como mito fundador de todo acto violento posterior –incluidos las FARC- en medio de la protesta social.

Así ha paso el corto siglo XX y lo que llevamos ya del XXI. Una de las recomendaciones a los militantes comunistas del mundo en los años 30 era que siempre debían tener un abastecimiento de kerosén para cualquier eventualidad. Una carta que le envía la Internacional Comunista, sección Sud-América el PCC el 5 de noviembre de 1937 da instrucciones precisas de cómo manejar la violencia en una protesta a gran escala y termina asegurando: No aconsejamos por el momento  lanzarse a la insurrección. Todavía no está madura. Tal vez dentro de dos o tres años sea el momento propicio. Se necesita mucho dinero para ello y elementos de guerra. Necesitamos que nuestros camaradas colombianos nos envíen un estudio muy completo sobre las mejores vías por donde puedan introducirse municiones y armas. Posteriormente, durante 9 de abril, los comunistas criollos, apoyados por el hoy hospitalario cubano Fidel Castro –pistolero destacado por aquellos años-  siguieron al pie de la letra las instrucciones del Komintern. Para comienzos de los años sesenta, Luis Morantes Jaimes, estudió en Argentina junto con otro Colombiano, Luis Gerardo González Muñoz, en la escuela Clandestina Comunista “Aurora”. Su preparación incluía, entre otros aspectos, la dirección política, el manejo de armas, la huelga, la guerra civil y la disciplina partidaria. Posteriormente, ya convertido en Jacobo Arenas, miembro del Buró del PCC, se convierte en el dirigente político de las FARC.

Hoy estamos sufriendo de ese largo siglo de actuaciones de los apparats. No sé cuántos campesinos puedan abandonar por más de cuarenta días su finca, tampoco sé cuántos de ellos sean capaces de armar bombas y explosivos, lo que sí sé es que hay elementos entrenados paraatacar a las autoridades, quemar vehículos y asaltar almacenes por las FARC. Durante los numerosos diálogos de paz, las FARC siempre han recrudecido sus acciones militares, los actuales no son la excepción. Pero entendiendo a los comunistas en sus actos, hay algo que en la actual coyuntura de diálogos,vale mucho más que cientos de atentados, que decenas de puentes volados y ataques a los civiles: “una protesta social violenta.”

Esa violencia de los supuestos campesinos, mineros, obreros, cafeteros, cacaoteros, etc., es políticamente más valioso que meses de terrorismo. Así como para los comunistas –legales e ilegales- es mucho más valioso un poeta o un periodista que sea ganado para la causa, que miles de guerrilleros rasos; también es más enriquecedor una tracto mula quemada por “campesinos manifestantes” que miles de vehículos incinerados por cualquier frente. Cada vez que en la mente de un colombiano del común es aceptada la idea que el desespero lleva a los campesinos a quemar un vehículo, se están aceptando 5 años de terrorismo de las FARC; por cada agente del ESMAD caído en medio de actos de “nobles campesinos” se están legitimando 10 años de violencia contra el Estado; por cada “campesino” asesinado por los “perros policías”, se crea en la conciencia de los colombianos que han sido legítimos 10 años de barbarie comunista contra el campesinado.

Ahora la jugada política es decir que el Senador Jorge Robledo es el instigador de las últimas protestas. Con ello se buscan dos cosas: primero, darle cierto aire de institucionalidad y legalidad a actos ilegales, dándoles por lo tanto la altura a la que han llegado las negociaciones con las FARC, y segundo, reafirmar, pero desde una perspectiva más legal, que la izquierda es la digna representante y abanderada de las luchas sociales en Colombia. Decir que un Senador apoya a las protestas campesinas, mineras y cafeteras, no es ilegalizar las acciones del Senador, sino legalizar las acciones violentas de los infiltrados guerrilleros. No se busca decir que los actos del senador son malos, sino que los actos de los “campesinos” son buenos. Después de legalizadas las acciones violentas, viene la clásica de todas las clásicas: “La izquierda es la digna representante de las protestas sociales en Colombia”.

Finalmente, queda por decir que las protestas no son gratis. Que las huelgas no sólo eran y son recursos políticos, sino que también buscan dañar la economía de un país. Una huelga prolongada no genera riqueza, ni tampoco la distribuye, genera pobreza, pérdidas. Para comienzos de los 20 los comunistas decían sobre Alemania: “…es un país industrial, que depende de su exportación industrial y de su importación de materias primas. De este modo, la navegación es la arteria vital del capitalismo alemán. Si logramos hacer de cada puerto y de cada barco una fortaleza del Partido Comunista, entonces tendremos en nuestras manos la vena yugular. Podremos cortarla y la burguesía tendrá que pagarlo con su muerte.” En Colombia se practicó esta labor de sabotaje por todo el siglo XX contra el café y las haciendas que lo producían. Hoy se sigue practicando, por parte de la guerrilla, la idea que las huelgas producen perdidas tan millonarias que muy pronto llevan a la desesperación a los habitantes de las regiones que las sufren, atizando así la anarquía, que tanto bien le hace a los comunistas. Ya bien lo había planeado Tirofijo, que su triunfal marcha sobre Bogotá, vendría precedida por una oleada de huelgas sobre la capital, lo cual produciría un segundo Bogotazo, esta vez definitivo.

 

Autor

Departamento de análisis histórico y sociopolítico Comité VIDA

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